El primer año del Brexit ha sido previsible; salvo en materia financiera, se ha desarrollado según el guión que marcó el Acuerdo de Retirada y el de Comercio y Cooperación


EDUARDO BARRACHINA


27 de diciembre 2021

Hasta la fecha, el Brexit es el evento británico más importante de este siglo y sin duda, una de las decisiones más profundas de las dos últimas centurias. Su trascendencia es comparable con la asunción en 1857 del gobierno directo en la India, con la participación en las dos guerras mundiales en 1914 y 1939 y finalmente con su ingreso en la entonces CEE en 1973. El Brexit es ante todo un cambio de timón constitucional y político. Aún es pronto para hacer minuciosos balances y sobre todo, para tejer conclusiones prematuras. Todo eso vendrá cuando el correr del tiempo lo permita y tengamos cierta distancia para juzgar. Pero al cabo de un año, es útil describir el paisaje ante nuestros ojos.

Tras el 1 de enero de 2021, los efectos sísmicos del Brexit se han dejado sentir en muchas esferas de la economía, el comercio y la política nacional e internacional del Reino Unido. A pesar del drama y desazón que para muchos ha supuesto, hay que reconocer que no ha habido grandes sorpresas; el primer año del Brexit, con sus aspectos positivos y negativos, ha sido bastante previsible; salvo en materia financiera, se ha desarrollado según el guión que marcó el Acuerdo de Retirada y el Acuerdo de Comercio y Cooperación. Acaso este carácter previsible sea el mayor logro de este proceso.

El mercado británico continúa siendo atractivo y en el caso de la inversión directa española, no sólo no ha caído sino que ha subido ligeramente. El Brexit no ha supuesto una retirada de los inversores y España sigue teniendo un stock de inversión de 80.000 millones de euros. Las empresas españolas siguen viendo al mercado británico como un mercado preferente y muchas tienen un horizonte de inversión a medio o largo plazo. El Reino Unido continúa siendo el segundo destino de la inversión española tras los EEUU; cuando una empresa española decide proyectarse al exterior, probablemente piense en Inglaterra.

Sin embargo, las exportaciones e importaciones han caído considerablemente. La relación comercial (exportaciones e importaciones) entre España y el Reino Unido está valorada en unos 38.000 millones de euros. Las exportaciones españolas al mercado británico descendieron el año pasado un 13,5% y en 2021, en cambio, están recuperándose con respecto al 2020 (de enero a septiembre habían aumentado un 14,5%). Naturalmente ha bajado si se compara con los datos del 2019 pero no es razonable comparar un año con confinamientos, restricciones de transporte y medidas severísimas con el último año normal, esto es, el 2019. La situación actual, con datos desgreñados, impide saber también si estamos ante una tendencia a largo plazo o una reacción estrictamente circunstancial.

Es precisamente en la exportación española al Reino Unido donde hay que ser cautos y estar atentos porque las formalidades fronterizas británicas (controles, declaraciones obligatorias, certificados sanitarios y fitosanitarios, certificados de seguridad, etc.) van a entrar en vigor entre el 1 de enero y el 1 de julio de 2022. En rigor, el Brexit se ha quedado a medio hacer en este importante punto, porque aún no hemos visto cómo funciona toda la normativa británica sobre importación de productos europeos.

Aunque la Comisión Europea no ha otorgado las equivalencias regulatorias a la City, la posición de Londres como centro financiero mundial no está, de momento, en riesgo. Tampoco ha habido un éxodo significativo del personal de banca a la UE y el mercado laboral en la City continúa boyante. Su mercado bancario es el número uno de Europa y el tercero del mundo en activos, 352 compañías extranjeras cotizan en la Bolsa de Londres; este año ha habido casi 100 salidas a bolsa y ofertas públicas de suscripción y el ecosistema único de servicios bancarios, legales y de seguros no ha menguado. Sin embargo, existe incertidumbre a medio plazo porque no ha habido ningún acuerdo significativo en materia financiera y la relación entre la City y la UE no está todavía delineada.

Una preocupación abruma no obstante, a las empresas españolas del Reino Unido. Ya no es tan fácil contratar trabajadores o personal de España y el mercado británico, con una tasa de desempleo que no alcanza el 5%, no ofrece siempre los perfiles, experiencia y aptitudes que se necesitan. Aunque esto es la consecuencia natural del fin de la libertad de circulación de trabajadores, el solapamiento con los efectos de la pandemia ha recrudecido la situación (piénsese en los sectores de la hostelería, construcción, etc.). El nuevo régimen migratorio británico limita y regula la movilidad y aunque aún es pronto para valorarlo con rigor (su funcionamiento ha quedado desfigurado por los efectos de la pandemia), muchas empresas españolas han mostrado su preocupación por la falta de flexibilidad para contratar personal de España.

Un asunto que ha vuelto a emerger con vigor y que ha creado una extraordinaria tensión política con la UE es el de Irlanda del Norte. Es bien conocido el impacto que el Brexit tuvo en la frontera entre la República de Irlanda e Irlanda de Norte. Tras años de negociaciones para lograr un equilibrio imposible entre no establecer una frontera entre ambos países (y cumplir así con el espíritu y letra de los Acuerdos de Viernes Santo de 10 de abril de 1998) y la exigencia europea de salvaguardar el mercado único (que es imposible si los bienes pueden circular sin controles fronterizos entre ambos países) se acordó finalmente un protocolo para Irlanda del Norte. En el mismo se estableció que Irlanda del Norte continuará cumpliendo con la normativa europea para así evitar controles en su frontera Norte-Sur con Irlanda mientras que los bienes de Gran Bretaña que entraran en Irlanda del Norte sí quedarían sujetos a controles.

Aunque no es un problema que afecte directamente a los productos o inversiones españolas (nuestra presencia es casi inexistente en Irlanda del Norte), tensiona las relaciones entre la UE y el Reino Unido. A veces da la impresión de que Belfast tapona el curso del Brexit. Del mismo modo, es un problema con una dimensión estadounidense fundamental. Es del caso señalar que en la otra orilla del Atlántico, su relación con los EEUU se ha resentido a causa del Brexit. A los EEUU un Reino Unido sin influencia o ascendencia directa en los asuntos europeos les es menos útil. Además, Biden es de ascendencia irlandesa y en la negociación del tratado de libre comercio entre EE.UU. y Reino Unido (que es esencial para éste) la carta de Irlanda del Norte aparece discreta e indirectamente como un elemento más de la negociación y Whitehall intuye que una invocación del artículo 16 podría afectar las negociaciones actuales. En cualquier caso, aunque Irlanda del Norte no es asunto clave para las relaciones bilaterales, sí que es cierto que, en clave europea, puede distorsionar la relación con la UE.

El primer ministro británico, Boris Johnson, tras la firma del acuerdo del Brexit. (Reuters/Leon Neal)

Su relación con las economías más importantes de la Unión Europea ha variado mucho y dista de ser homogénea. Con Francia se ha deteriorado muchísimo. No sólo Francia ha sido el país que más elocuentemente ha expresado su hostilidad al Reino Unido en la negociación sino que los recientes conflictos pesqueros en el Canal de la Mancha elevaron el tono a niveles desconocidos, interviniendo incluso los Ministros de Defensa de ambos países. La relación de las dos únicas potencias nucleares de Europa es de mutua desconfianza. También han existido tensiones y desacuerdos en materia migratoria, especialmente en lo que atañe a la vigilancia y control de la inmigración ilegal y tráfico de personas en el Canal. Entretanto, con Alemania la relación ha sido mejor y sin sobresaltos pero habrá que estar a qué política asume respecto al Reino Unido el nuevo gobierno de coalición liderado por Olaf Scholz.

Las relaciones con España son excelentes. España y Reino Unido son dos naciones que aunque distintas, se complementan y frente a los clichés habituales, se conocen muy bien. España hace una contribución extraordinaria al mercado británico. No sólo crea más de 165.000 puestos de trabajo a lo largo del país y gestiona sectores esenciales (energía, transportes, telecomunicaciones, etc.) sino que muchísimos españoles contribuyen eficaz y activamente a la vida económica, cultural, científica, médica y académica del Reino Unido. El Brexit no ha frenado la aportación española al Reino Unido y parece harto improbable que lo vaya a hacer, máxime cuando más de 300.000 españoles han solicitado y obtenido la residencia en Reino Unido y España ocupa el quinto puesto por número de solicitudes.

Debido a los estragos y calamidades de la pandemia, el Reino Unido no ha tenido la oportunidad ni el sosiego para trazar una estrategia europea a largo plazo. Inglaterra ha vivido atenida a sí misma. El Reino Unido es la única nación del mundo que en medio de una pandemia devastadora tuvo que hacer frente a una negociación colosal como la del Brexit y efectuar la salida del mercado único en medio de un confinamiento nacional.

Más allá del Acuerdo y sus interminables repliegues sobre aspectos aduaneros, queda pendiente nutrir de contenido político y estratégico la nueva relación con Europa. El primer ministro Johnson (que arrasó en las elecciones del 12 de diciembre de 2019) sólo ha podido gobernar sin Covid unos 100 días. El Reino Unido se enfrenta a un doble drama: no solo su gobierno no ha podido desplegar políticas típicamente tory (que es para lo que fue elegido), sino que no ha tenido la energía para forjar una nueva relación con Europa. Ese es el gran reto. La situación se ha agravado por los continuos cambios de gobierno que impiden que entre los distintos ministerios británicos y el sector empresarial se establezca una interlocución sólida y a largo plazo.

El Brexit es un proceso continuo de cambios, ajustes y reajustes y sobre todo, un diálogo político entre ambas partes. Y sin embargo, seguimos sin saber cómo definir nuestra relación con un mercado preferente y estratégico como el británico. El saliente exministro británico, Lord Frost, que negociara con tesón el Acuerdo, advirtió hace unos días que “construir una nueva relación con la UE es una tarea a largo plazo”. Pues en eso, tenemos que estar todos.

Al año del Brexit, por encima de tecnicismos mercantiles y comerciales, conviene repensar ya la relación definitiva entre el Reino Unido y la UE, y en esa tarea, España, por muchas razones, está ahora mismo muy bien posicionada para ser un país líder en la nueva relación.


EDUARDO BARRACHINA ES SOLICITOR, ABOGADO Y PRESIDENTE DE LA CÁMARA DE COMERCIO DE ESPAÑA EN REINO UNIDO