EDUARDO BARRACHINA


Octubre 2022

Clausurado el luto por la Reina Isabel II, entre gestos graves y discretos sollozos, se abre gradualmente la senda de una nueva época británica. La continuidad está garantizada; las normas de sucesión británica, henchidas de tradición, han funcionado con exquisita precisión. Hay naciones perezosas que orillan los asuntos más acuciantes o que son incapaces de pensar a largo plazo. Son naciones que deambulan, transeúntes. La paradoja de todo lo acontecido, con un cambio de monarca y de primer ministro en cuestión de días, es que el Reino Unido está forzado a tomar decisiones. Pero no hay sensación de vértigo, por mucho que se empeñen algunos.

Gran Bretaña solucionó todos sus problemas constitucionales allá en 1688, cuando tras su Glorious Revolution proclamó la soberanía de su Parlamento. El gran tema dominante de aquel tiempo, esto es, quién es soberano, lo abordó con mayor presteza y originalidad que el resto de países. Zanjada la cuestión, pudo dedicarse a expandirse y crear las condiciones para devenir imperio y centro mundial del comercio. Cuando un siglo después una Francia ensangrentada idolatraba las decapitaciones diarias al tiempo que los ‘sans-culottes’ proclamaban vociferando la soberanía popular, Inglaterra estaba a punto de gestar la revolución industrial. Asomarse a la historia con los deberes hechos tiene sus ventajas.

Desde hace más de tres siglos no ha habido cambios políticos bruscos en Inglaterra ni cesuras en sus formas de gobierno. El equilibrio de sus instituciones, basado en la convención, se beneficia de una elasticidad asombrosa y permite que el país funcione incluso cuando la Luftwaffe bombardeaba Londres, cuando el imperio se desmoronaba a cámara lenta o en los tensos años del Brexit. Vértice impalpable e invisible de ese edificio asombroso es su Constitución no escrita, piélago de convenciones centenarias que llevó al pobre Tocqueville a exclamar exasperado «elle néxiste point»; la Constitución inglesa no tiene existencia. La mentalidad inglesa no podría aceptar límites a esta soberanía, límites que vendrían dados por una Constitución escrita que limitara con principios la acción legislativa. Remate de ese sistema único es la jurisprudencia creadora de sus tribunales, verdaderos forjadores de principios legales, que sin afeites albergan en sus ‘ratio decidenda’ soluciones legales que palpitan durante centurias. Y sin embargo, no hay ordenamiento más flexible y dispuesto a adaptarse a los cambios de la vida económica que el inglés. En el fondo, el funcionamiento institucional del Reino Unido se basa en un entendimiento tácito, aunque a veces no sea tarea fácil esclarecerlo.

Las jornadas históricas que han acontecido tras la muerte de Isabel II son reflejo elocuente del éxito de Inglaterra por saber incorporar porciones del pasado a su presente. Mientras muchos países no saben cómo relacionarse con su pretérito y lo obliteran o mal arrastran como pueden, Inglaterra tiene la habilidad extraordinaria de habitar entre el hoy y el ayer. Acaso sospeche con razón que un país que extirpa las tradiciones de su identidad es un país lobotomizado. No en vano, la carrera universitaria más prestigiosa del país es la llamada Clásicas (Classics) y se limita estrictamente a estudiar latín clásico y griego antiguo. No extraña, pues, que algunos de los banqueros, abogados o políticos de mayor renombre hayan estudiado precisamente esa carrera, algo impensable en otros países.

La tradición asegura que el país se conozca y se reconozca a sí mismo; esto es, ensarta las sucesivas generaciones. Inglaterra repelió con éxito tentaciones futuristas, y aunque es una de las naciones más modernas del mundo descansa firme en el asiento histórico de sus costumbres. A pesar de que ninguna nación abrazó con tanto fervor las innovaciones del diecinueve, el alma inglesa está clavada en la tradición, hasta el punto de que cuando en 1834 se tuvo que reconstruir el Parlamento inglés tras un devastador incendio, en medio de una revolución económica e industrial, sólo se les ocurrió hacerlo en estilo gótico. El inglés, en tanto avanza, necesita conservar una porción del pasado.

Su identidad descansa también en los asuntos divinos. La Iglesia anglicana, aunque menguando en fieles y con su ascendencia política enervada, redondeó en su día las aristas del edificio inglés. La monarquía británica no es ajena a la fe y, al contrario que la Reforma en Europa, más teológica que política, en Inglaterra fue la Corona la institución que lideró el cisma. Es error habitual en España describir al monarca inglés como titular de la Iglesia anglicana. En rigor, el monarca es gobernador –y no cabeza– de la Iglesia anglicana, cuestión que la Act of Supremacy de 1559 aclara con rotundidad. Carlos III se encontrará una Iglesia profundamente dividida y hasta esquizofrénica, donde conviven las misas en latín y el incienso con las corrientes luteranas más radicales, lo que en la práctica hace imposible el consenso sobre aspectos sociales o morales. Con todo, Carlos III, al contrario que la mayoría de los reyes actuales, tiene una idea de Dios y de lo trascendental muy sensible, que sin duda le será muy útil para aunar distintas corrientes.

Pero no todo es ayer. El año que viene será el tercer año del Brexit, aunque el primero sin pandemia, confinamientos y con un nuevo Gobierno. Articular una nueva relación con Europa es esencial para ambas partes. El Reino Unido tendrá que abandonar cierta retórica mientras que la UE –en esencia un proyecto de paz franco-alemán– deberá abandonar su rencor latente por la decisión de retirarse de la UE. En ese contexto, España, si quisiera, podría desempeñar un papel fundamental, pues no es sólo el octavo país inversor en el mercado británico, sino que el Reino Unido es nuestro segundo socio comercial. España conoce muy bien al Reino Unido. Tuvo en su día la relación íntima propia de los archienemigos y en la actualidad goza de unas relaciones muy estrechas que van mucho más allá de las habituales cifras económicas.

A la espera de la coronación el año que viene, sin pretenderlo, el Reino Unido ha ingresado en un nuevo capítulo. Concluso el duelo y de frente los numerosos retos en el porvenir británico, es en estas ocasiones cuando la vieja Inglaterra mejor se afirma. Al acabar el grandioso funeral de Churchill, ya por la noche y antes de retirarse, su viuda, lady Churchill, le dijo a su hija, con cierta solemnidad y también con algo de alivio: «No ha sido un funeral, ha sido un triunfo». Pues bien, aunque los desafíos esperan al nuevo Rey, su reinado empieza, al menos, con el triunfo de la tradición.

Eduardo Barrachina es presidente de la Cámara de Comercio de España en el Reino Unido.