El autor explica que conocer las diferentes relaciones que España y Reino Unido han tenido con la Unión Europea desde sus orígenes, ayudará a establecer mejores formas de cooperación entre ambas naciones tras el Brexit


EDUARDO BARRACHINA


Lunes 22 de febrero de 2021

Poner a España y Reino Unido juntas frente a Europa nos permite entender mejor al otro y -de paso- entendernos mejor a nosotros mismos. Ambos países, antaño imperios atlánticos, situados en la periferia europea, han desarrollado relaciones muy distintas, acaso opuestas, con el proyecto europeo. En esa relación palpita siempre algo del temperamento nacional, pues -desde su primera hora- el proyecto europeo ha generado significados distintos para cada Estado miembro. Y al ahondar en el diferente valor que tiene para cada país, logramos exhumar rasgos del carácter y la historia de las naciones.

La relación del Reino Unido con la UE ha estado recorrida de escepticismo y -casi siempre- desconfianza. España, por su parte, siempre ha tenido con la UE actitudes y formas más entusiastas, empujadas por una fe total en el proyecto; en ocasiones, esta relación ha tendido a cierta verticalidad.

Estos días de balumba informativa sobre el nuevo Acuerdo entre el Reino Unido y la UE nos impiden ver más allá de las barreras no arancelarias y otros tecnicismos que el propio Acuerdo desarrolla. Volviendo la mirada atrás, lo normal es que Reino Unido hubiera sido uno de los fundadores de las comunidades europeas. Era el vencedor moral y militar de la II Guerra Mundial y todavía conservaba buena parte de su imperio. En junio de 1955, Anthony Eden rechazó la invitación para asistir en Messina a la reunión preliminar que los 6 países fundadores iban a tener para discutir la futura CEE. Durante aquel estío, el propio Chancellor llegó a exclamar displicente que aquello no era más que una «excursión arqueológica». Eran días de esplín, en los que el Reino Unido, inmerso en cierta errancia existencial, aspiraba todavía a mantener y proyectar una idea imperial (ya algo menguada) y reforzar su relación especial con EEUU. El desastre de Suez en 1956 confirmó amargamente que ninguno de estos caminos le iba a ser fácil a Gran Bretaña. Tras la humillación de Nasser y la indiferencia americana, la suerte británica queda sancionada en tierra egipcia y su mirada se dirige a Europa. Así lo entendió el primer ministro Macmillan.

Resulta irónico que España y el Reino Unido, tan distintos en aquel entonces, solicitaran el ingreso en la CEE casi al mismo tiempo. El Reino Unido lo hacía en 1961, mientras que España, de la mano de Castiella, probó suerte unos meses después, en 1962. Ambos países iban a ver sus aspiraciones truncadas, aunque por razones bien distintas.

El Reino Unido fue vetado (hasta dos veces) por el General De Gaulle. El proteccionismo agrario, el psico-trauma de una victoria que nunca fue de él y el rencor por su excomunión en Potsdam, constituían los tres tercios de su rechazo. Hasta que De Gaulle no se apeó de la presidencia de la República en 1969, el Reino Unido no tuvo nunca posibilidades de ingreso. El caso de España, aunque de resultado similar, es bien distinto, pues el Informe Birkelbach que exigía a los países candidatos un sistema e instituciones democráticas hacía las veces de cerrojo. Tiene su pizca de sarcasmo que Reino Unido y España hayan sido los dos únicos países que tuvieron que esperar a que un general falleciera para poder ingresar en la CEE.

A partir de ahora, España y el Reino Unido tendrán más oportunidades para una rica bilateralidad.

Reino Unido finalmente ingresó en 1973 sin demasiada pompa y circunstancia. Una victoria en 1974 del laborista Harold Wilson propició un referéndum retroactivo sobre el ingreso en la CEE. Organizar un referéndum (el primero de su historia constitucional) justo a los dos años de su ingreso auspiciaba, como acabó por confirmarse, una relación inestable. Desde entonces, Reino Unido osciló entre la colaboración y la sospecha. Su relación fue de danza y contradanza ideológica.

Por su parte, merced a los requisitos democráticos que se exigían, España tuvo que esperar hasta la muerte de Franco para poder plantearse el ingreso. Al contrario que Inglaterra, no buscaba una nueva identidad post-imperial, ni desde luego un nuevo liderazgo en el mundo. Buscaba su rehabilitación en el concierto de naciones europeas. El proceso de transición en España irá íntimamente ligado a la CEE y ya en noviembre de 1975, tras esforzadas gestiones, se obtuvo la bendición de Francia, cristalizada en aquel desayuno de un renuente Giscard d’Estaing con el entonces Rey de España, Juan Carlos I. Es claro que, desde los albores de la Transición, el mercado común fue para España el campo magnético, verdadera tierra de promisión hacia la que la Nación se dirigió denodadamente. Para España, ya en sazón política, el proyecto europeo se convertiría en la única cuestión de Estado en la que lograría mantener un consenso total.

Si para el Reino Unido la UE significaba reemplazar su proyecto imperial por uno europeo, para España suponía su homologación europea tras dos siglos zigzagueantes, dificilísimos. Recogía así España aquellos anhelos orteguianos -asaz exagerados e injustos- de que «España es el problema y Europa la solución».

Por su parte, durante los años ochenta, el Reino Unido llevó a cabo una contribución extraordinaria al proyecto europeo que no ha sido reconocida con justeza. Lord Arthur Cockfield, por ejemplo, thatcherista convencido, diseñó nada más y nada menos que el esquema del futuro mercado único. Aquellos eran años en que los tories eran profundamente pro-europeos y los que más trabajaban para la eliminación de barreras comerciales. Tras el viraje de Thatcher hacia posiciones claramente euroescépticas, el testigo europeo lo recoge el laborismo de Blair. Justo antes, John Major había logrado un notable éxito al firmar Maastricht y escamujar parte del acuerdo con los famosos opts-out. Desde entonces, el desapego por la UE fue creciendo lentamente. Al estrenar la segunda década de este siglo, una salida de la UE no era más que un escobio por el que pocos políticos británicos habrían osado aventurarse. Pero, auspiciado por la cuestión migratoria, el debate euroescéptico avanzó por veredas que lo llevaron a la curva del referéndum.

La UE ha tenido un valor distinto para cada país. Préstese atención al estado anímico de cada nación cuando solicita el ingreso. España abraza la CEE ilusionada, con un amplísimo consenso político y el apoyo de todas las instituciones. El Reino Unido, en cambio, lo hace apretado por una grave crisis económica, sin consenso político y con un imperio desguazado; ingresa más por responsabilidad que por convicción. En todo caso, no buscaba ni necesitaba ninguna rehabilitación ni homologación; resacosa de imperio, buscaba un nuevo papel en el mundo.

En España hay algo irremediablemente instalado en nuestro ethos que vincula la Unión Europea con la modernidad, idea impensable en la mentalidad británica. Nuestro país, presto siempre a cuestionarlo todo, jamás se ha cuestionado la UE. Parece haber asumido que su destino como nación está inevitablemente unido al de la UE. En cambio, la cuestión europea ha sido la tumba política de bastantes primeros ministros británicos, desde Thatcher a May pasando por Cameron, algo que en España no es concebible, precisamente por el consenso que existe en torno al proyecto europeo.

Es todo un contraste que mientras el Reino Unido deja la UE para ser más británico, España -parece presentir-, para continuar española, tiene que ser más europea. Mientras el Reino Unido ha dejado la UE criticando la falta de democracia en las instituciones europeas, España intuye que su democracia es más fuerte si es dentro de la UE. Estas dos naciones, que en su día solicitaron el ingreso casi al mismo tiempo, se encuentran ahora en situaciones opuestas. La salida del Reino Unido fue una sacudida brusca en Europa pero era el desenlace más o menos natural de un país que desde la primera hora desconfió de este proyecto. En ocasiones, su decisión ha sido incomprendida y motejada con severidad. Muchos no han podido recuperase del estrago de aquella alborada de un caluroso viernes de junio de 2016 cuando se confirmó el resultado del referéndum.

Se recurre ad nauseam al matiz geográfico y su condición insular para justificar ese desapego, cuando Inglaterra ha sido protagonista constante en todos los asuntos europeos desde hace más de cinco siglos. Su decisión fue tal porque el valor que tiene la UE es distinto y para descifrar esa decisión hacen falta otros códigos. Inglaterra nunca se libró del reato del pecado original por su ausencia en 1957.

La cuestión británica no es cosa de hoy, pero a partir de ahora, España y el Reino Unido tendrán más oportunidades para una rica bilateralidad. En ese nuevo marco que se acaba de inaugurar, entender mejor la mirada de Gran Bretaña al continente redundará en una relación de mayor sintonía y fortaleza.

In memoriam Bruno García-Dobarco.


Eduardo Barrachina es presidente de la Cámara de Comercio de España en Reino Unido, solicitor y abogado.